Pedro llegó a la mansión con el ceño fruncido, sin imaginar que aquel día su vida iba a cambiar para siempre.
El aire estaba denso, cargado de tensión.
Apenas cruzó el umbral, escuchó los pasos acelerados de Fely que se acercaba desde el pasillo con el rostro desencajado y los ojos húmedos.
—¡Pedro, mira, mira esto! —exclamó ella, extendiendo el teléfono con las manos temblorosas.
Él intentó esquivarla, cansado de los dramas que siempre lo perseguían. Pero algo en el tono de su voz lo detuvo.
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