Manuel salió de la habitación con paso firme y el rostro tenso.
En el pasillo se cruzó con Pamela.
—Manuel —lo llamó ella, intentando sonar tranquila.
—Ven conmigo, hablemos —respondió él sin mirarla.
Pamela lo siguió, pero antes de avanzar miró hacia la escalera.
En lo alto estaba Mayte, inmóvil, observándolos. Pamela esbozó una sonrisa triunfante, una mueca cargada de soberbia, convencida de haber ganado.
Sin embargo, Mayte solo sintió repulsión.
No entendía cómo una mujer podía ser tan fría,