Cuando Martín despertó, la oscuridad seguía abrazándolo con suavidad y misterio.
Era difícil acostumbrarse a aquel mundo en sombras, a la sensación de que todo estaba lejano y difuso.
Se quedó un momento recostado, escuchando su propia respiración y el ritmo constante del corazón de su esposa, que dormía plácida, ajena a sus pensamientos turbulentos.
Cada respiración de Victoria era un hilo de vida que lo conectaba con la realidad, con la ternura que él había sentido desde el primer día, y que a