Manuel abrió la puerta de golpe, su corazón latiendo con fuerza.
La tensión en el aire era palpable, y la incertidumbre lo envolvía como una sombra.
—Pedro, ¿qué sucede contigo? ¿No escuchas que llamo a la puerta? —preguntó, su voz llena de frustración.
Pedro estaba nervioso, casi sudando, pero se esforzó por mantener la compostura.
—Bienvenido, Manuel, pasa, toma asiento —dijo, intentando ocultar su inquietud.
Un aroma penetrante de perfume de gardenias impregnó el aire, y Manuel frunció el ceñ