—¡Mi esposo es inocente! ¡Es incapaz de hacer algo así! —gritó Mayte con la voz rota, sin control.
Sus manos temblaban y el eco de sus palabras rebotaba en el patio de la casa como una sentencia que no quería aceptar.
La abuela salió precipitada, los ojos desorbitados, el rostro pintado de terror. Al saber lo ocurrido, no dudó: marcó el número del abogado de la familia con dedos temblorosos.
—¡Ven rápido! —jadeó—. ¡No pueden detener a mi nieto Manuel!
La llamada no esperó.
En menos de lo que May