Manuel cerró los ojos con fuerza, sorprendido, y luego los abrió de golpe al sentir el agua fría resbalar por su rostro.
El líquido le empapó el cabello, le corrió por las mejillas, hasta llegar al cuello de su impecable camisa.
Por un instante, el silencio se hizo espeso, roto solo por el goteo insistente que caía al suelo.
Mayte llevó las manos a su boca, horrorizada.
—¡Señor Montalbán! ¡Ay, no…! Juro que no era para usted este ataque…
Él arqueó una ceja, con esa mezcla de ironía y arrogancia