Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Meyer estaba sumida en un silencio espeso, de esos que no reconfortan, sino que pesan. Las luces del pasillo principal permanecían encendidas con una intensidad baja, suficiente apenas para marcar el camino entre sombras largas. Salvador caminaba despacio, como si cada paso pudiera despertar algo que debía permanecer dormido: el miedo, la culpa, la desesperación.
Se detuvo frente a la habitación de Valentina y apoyó la mano en la puerta antes de abrirla. Siempre hacía eso, incluso cuando Cristina estaba allí. Era un gesto inconsciente, una especie de ritual, como si pidiera permiso para entrar al pequeño mundo de su hija. Empujó la puerta con cuidado y el aroma suave del jabón infantil y las sábanas recién cambiadas lo envolvió de inmediato.Valentina ya estaba acostada, abrazando la muñeca que su madre le había obsequiado. Salvador sintió una punzada en el pecho al recordarlo. Todo en esa habitación hablaba de ella: el orden perfecto, los colores suaves






