Mundo de ficçãoIniciar sessão—¿Qué hago yo aquí? —gritó la madre de Cristina apenas las rejas se cerraron con un golpe seco—. ¡Esto es una equivocación! ¡Yo no he hecho nada!
El sonido del metal retumbó en el pequeño espacio, devolviéndole su propia voz como un eco áspero. La mujer se giró, mirando a su alrededor, como si recién entonces comprendiera dónde estaba. El olor a encierro, a humedad le revolvió el estómago.Corrió hacia los barrotes y se aferró a ellos con ambas manos, apretando con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.—¡No he hecho nada! —repitió—. ¡Soy inocente!Sus palabras se quebraron al final, no por convicción, sino por miedo. Un miedo real, de esos que no se sienten hasta que ya no queda salida.Los oficiales que la habían traído se marcharon, dejando el pasillo en un silencio pesado. Pasaron apenas unos segundos cuando unos pasos firmes se escucharon acercándose. No eran apresurados, tampoco dudosos. Eran






