Mundo ficciónIniciar sesiónEl olor era lo primero.
Un olor espeso, metálico, nauseabundo que se mezclaba con el encierro del auto y le subía directo a la cabeza. Josué apretó el volante con ambas manos, los nudillos blancos, los dientes tensos, como si en cualquier momento fueran a partirse. El hombro le ardía. No, ardía no: se estaba pudriendo. Lo sabía. Cada vez que respiraba, ese olor le recordaba que la herida no había cerrado, que algo estaba mal ahí dentro, y aun así no pensaba detenerse.<






