Mundo ficciónIniciar sesiónEl olor era lo primero.
Un olor espeso, metálico, nauseabundo que se mezclaba con el encierro del auto y le subía directo a la cabeza. Josué apretó el volante con ambas manos, los nudillos blancos, los dientes tensos, como si en cualquier momento fueran a partirse. El hombro le ardía. No, ardía no: se estaba pudriendo. Lo sabía. Cada vez que respiraba, ese olor le recordaba que la herida no había cerrado, que algo estaba mal ahí dentro, y aun así no pensaba detenerse.—Así que se largan… —murmuró entre dientes—. Vieja maldita. Ni creas que te vas a ir así, sin pagar lo que me hiciste.Frenó a unos metros del edificio. Desde el asiento observó la escena con una calma que no sentía: la mujer estaba ahí, de pie en la vereda, con varias maletas a su lado. Miraba el celular, distraída. Cuando el auto se detuvo, ella levantó la vista y, al ver el vehículo, sonrió con alivio.Pensó que era el taxi.Josué sintió cómo algo






