El silencio cómplice de la pareja se rompió con el sonido de la puerta abriéndose de par en par. Bautista, el mayordomo que había servido a Don Martín durante más de treinta años, entró con una bandeja de plata destinada a recoger los restos del café. Al ver la escena, la bandeja resbaló de sus manos, chocando contra el suelo con un estruendo metálico que pareció despertar a Gerónimo de su trance.
—¡Don Martín! —gritó el hombre, corriendo hacia el escritorio sin pedir permiso, ignorando la p