Pasamos una tarde tranquila, muy tranquila. Por fin podíamos respirar libremente. Sin sentirnos perseguidos, en peligro. Nos sentíamos a salvo. Pero David no se fiaba. No permitió que los guardaespaldas se fueran, seguirían trabajando con nosotros, pero esta vez, cómo chóferes.
-Gracias por aceptar -dijo aliviado luego de discutir con todos nosotros-. Me sentiré más tranquilo.
-Cariño, solo relájate un poco.
-¿Te apetece en la cabaña? -dijo a mi oído, y al escuchar eso un escalofrío volvió