Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo II - Vanesa
El lunes llega, primer día de cursado del medicato y guardia como médica recibida. Me levanto antes de que suene el despertador. Dormí poco y mal, pero algo dormí. Me visto con calma, estoy estrenando el ambo, me compré uno azul. Tomo un café rápido, agarro mi bolso y salgo casi corriendo. Ramona también empieza hoy, así que vamos juntas, aunque no hablamos. Aun no la perdono por lo del viernes.
En el hospital, pasamos primero por administración a buscar las identificaciones. El edificio es antiguo y el olor a desinfectante que se impregna en la ropa, nos da la bienvenida. Subimos al primer piso de la sala 1. Ahí nos espera nuestro grupo junto a nuestro tutor.
Ocho personas con guardapolvos blancos sobre los ambos están reunidas alrededor de un hombre. Una voz que, para mi desgracia, reconozco de inmediato provoca que me detenga en seco. Mi estómago se hunde. Levanto la vista y ahí está. El perro rabioso, el tipo de la otra noche.
—Mierda.
Susurro. Ramona ya se adelantó y por suerte nadie me escucha. El grupo empieza a moverse y no me queda otra que seguirlos. Camino detrás, con la cabeza baja y la mirada esquiva. Soy petisa, 149 cm para ser exacta. Tal vez tenga suerte y no me vea hasta mitad de año, me digo, justo antes de que sus palabras empiecen a colarse en mi cerebro.
—La excelencia profesional no se mide solo por los conocimientos técnicos, sino también por cómo tratamos a quienes nos rodean.
Dice con tono neutro, que resulta hipnótico.
—Pacientes, enfermeros, camilleros… el respeto empieza desde ahí.
Levanto apenas la vista, por puro reflejo y no puedo evitar notar lo distinto que se ve. Guardapolvo abierto sobre una camisa celeste que le queda demasiado bien, odiable. Como para echarle un café encima y salir corriendo. También lleva pantalón claro sin una arruga. zapatos que brillan como si los hubiera lustrado toda la noche... El tipo es un cliché andante.
Su voz suena grave y sonríe poco. Como si en vez de hablar nos estuviera vendiendo un curso de liderazgo. Y esa mirada de cordero… sí, de no creer que pueda mirar así. Es el mismo que esconde los colmillos de perro rabioso.
Odio pensar que ese desgraciado con el que me acosté el viernes sea mi tutor. Trato de tranquilizarme, seguro él tampoco quiere hablar del tema. Tiene tanto que perder como yo. Si hay algo de inteligencia funcional en su sistema nervioso, lo va a borrar de su mente. Y de ser posible, del hipocampo, la amígdala y de la corteza prefrontal.
—Ya fue.
Me digo tratando de relajarme un poco.
El recorrido termina y nos mete a todos en su despacho. Nos da una charla sobre ética, compromiso, puntualidad y otras palabras que rebotan en mi cabeza. Cuando termina, me doy vuelta antes que nadie. Quiero salir lo antes posible.
—Doctora González, por favor quédese unos minutos. Necesito hablar con usted.
Me congelo, mientras que Ramona me mira con cara de “suerte” y se va. La puerta se cierra y él se acomoda en la silla como si estuviera por tomar una declaración jurada. Yo me quedo de pie, lista para huir ni bien termine.
—Tome asiento.
Dice, sin alzar la voz.
—Prefiero quedarme parada.
Contesto, con algo de dignidad.
Él alza una ceja:
—Dije que se siente.
Su tono se vuelve cortante, no dejan margen a duda, está enojado. Me siento..., humillación nivel Dios.
Desliza un papel por el escritorio. Es la nota que dejé en su departamento, la misma mañana de mi huida. El hijo de puta la guardó. Mientras me lanza esa mirada rabiosa, lo recuerdo todo. Como tuve que robarle a Priscila la pastilla del día después que tenía en su cajón de la mesa de luz, como me bañé y me refregué el cuerpo para quitarme su olor que aún seguía en mi la mañana del sábado.
—¿Querés explicarme qué se supone que significa esto?
Trago saliva. Su voz no tiene sarcasmo, está tenso. Me paralizo, no encuentro una respuesta rápida. La sangre me martilla las sienes, una sola frase me retumba en la cabeza como un loop sin pausa: no puede estar pasando esto. Solo tenía que ser una anécdota vergonzosa. Iba a enterrarla y jamás saldría a la luz.
¿Y ahora qué?
Lo tengo delante, altanero, con esos aires de semi-dios..., como yapa, se ha vuelto mi tutor. Y lo peor es que todavía no tengo idea de lo que pasó.
—No sé a qué se refiere, doctor. Ni por qué trae ese tema acá. Me parece completamente inapropiado.
Disparo, marcando límites.
Bien, me palmeo mentalmente. Esto no tiene nada que ver con el medicato, y él lo sabe. ¿Tan difícil es hacer como si no hubiera pasado?
Se inclina hacia adelante, con los codos sobre el escritorio y los dedos entrelazados. Le brilla el goce en los ojos y disfruta el efecto que genera. Arrogante, petulante..., maldito desgraciado.
—Bien. Tenés razón. Entonces, te espero esta noche en mi departamento. Así lo charlamos con más calma.
Lo miro, incrédula. ¿Qué carajo le pasa?
—Usted, para mí, es solo mi tutor. No pienso tutearlo ni tener ninguna relación fuera de lo estrictamente profesional. Si no tiene nada más para decirme, me retiro.
Respondo, levantándome. La voz no me tiembla, pero por dentro siento que soy un flan a punto de desplomarse.
No voy a repetir errores. Ya está, ni siquiera es tan atractivo. A mí no me van los fanfarrones con ego sobredimensionado.
—¿Vas a seguir haciéndote la tonta? ¿Por lo menos recordás mi nombre?
Lanza, ya sin contener la bronca. ¿Por qué m****a estará tan dolido?
Levanto el mentón y le sostengo la mirada. El apellido lo escuché esta mañana.
—Usted es el doctor Romero. Es todo lo que necesito saber de mi tutor.
Doy un paso para irme cuando un golpe seco me sacude. Fue su palma contra la mesa. Me doy vuelta y lo miro. No retrocedo, pero siento algo extraño. No entiendo qué busca, pero sí tengo claro una cosa: no voy a desestabilizarme esta vez.
—Sabía que ibas a reaccionar así. Y ya que padeces de memoria selectiva, tomé algunos recaudos.
Dice con una calma que me da escalofríos. Saca su celular del bolsillo. Lo desbloquea y me lo muestra. Cuando tiene toda mi atención aprieta play, y el estómago se me encoge antes de que la imagen siquiera arranque. Aparezco yo, en su living... gateando.
—¿Ahora qué?
Dice mi voz, juguetona, directo a cámara.
—Sacate eso.
Responde él, fuera de cuadro.
Me saco el vestido y quedo en ropa interior. Lo sigo hasta la cama y me tiro en ella.
Mientras espero que esto empeore, aparta el móvil y lo guarda. La sonrisa victoriosa en su rostro me hela la sangre, ganó y lo sabe. No puedo moverme, pestañear o siquiera hablar. Siento el ardor en la cara y la vergüenza trepándome por la espalda.
—Esta noche. Veinte horas. Sabés la dirección.
Dicta como si fuera una orden y se pone de pie. Camina hasta la puerta.
—Si no venís, subo el video para que todos se enteren de cuan entretenida sos cuando te lo proponés.
Me sonríe, como si me estuviera haciendo un favor.
—Ahora sí. Puede retirarse, doctora.
Salgo como si me hubieran pateado en la nuca. Camino, pero no tengo idea hacia dónde.
¿Qué m****a quiere de mí?
Autora: Osaku







