Inicio / Romance / Serie Venganza / AUNQUE ME CUESTE LA CORDURA - En su cama
Serie Venganza
Serie Venganza
Por: Osaku
AUNQUE ME CUESTE LA CORDURA - En su cama

Capítulo I - Vanesa

Camino detrás de mis compañeras con torpeza por culpa de los tacones. El vestido me aprieta por todos lados. Es de esos que van pegados al cuerpo, con un escote llamativo, lo suficientemente corto como para obligarme a calcular cada paso que doy. Lo eligió Priscila... Mejor dicho, me lo impuso cuando revisó mi armario y solo encontró calzas deportivas y buzos.

—Con eso no entrás ni al baño del bar que hay en frente al boliche —reclamó cuando vio lo que me había puesto e insistió para que usara algo de ella.

Siento que voy casi desnuda, y la manera en la que todos estos pibes me miran me molesta. La música me taladra los tímpanos, la gente grita, se empuja y se ríe fuerte. No encajo... La realidad es que quiero salir corriendo.

Sé que esta es una celebración por haberme recibido al fin. Pero no sé bailar, ni quiero coquetear con alguien. Soy más de las que se queda en casa viendo una película.

Priscila avanza con confianza. Celeste y Ramona la siguen. Ellas sí saben cómo moverse en estos sitios: las tres llevan tacones super altos, los cuerpos rectos y ríen como si disfrutaran de la atención que los pibes les dan.

Las envidio un poco...

—Para vos, Vane…

Una de ellas eleva un vaso para que todas brindemos.

—¡Esto es por hacernos quedar mal cinco años seguidos!

Ramona, y las demás ríen a carcajadas. Siempre se han quejado de que he tenido el mejor promedio. Fuerzo una sonrisa, nunca fue mi intención ofenderlas. Ellas tenían a sus padres para apoyarlas, en cambio yo debí sostener una beca durante todo este tiempo, no me podía permitir tener un promedio normal.

El vaso en mi mano está frío y pegajoso. No sé qué me dieron, pero trago rápido, sin pensar. El alcohol arde, pero me anestesia un poco. Me dejo arrastrar a la pista y bailo por compromiso.

Un grupo de chicos se suma enseguida. Uno me ofrece otro trago, me niego: si sigo bebiendo, estoy segura de que termino de boca al suelo. Los zapatos prestados ya son una trampa mortal, si a eso le sumo la inestabilidad causada por estar ebria, sé que voy a hacer el ridículo.

Mis compañeras parecen cómodas bailando y bebiendo con estos tipos. Sin embargo, hay uno que no me saca los ojos de encima, es inquietante y algo perturbador. Aunque es alto, carilindo y deja ver que es seguro de sí mismo por cómo se para, algo en él no me termina de cerrar. Pese a que las chicas lo invitan a bailar, las rechaza y vuelve a cruzar los brazos. Típico de un hombre que es deseado sin tener que mover un músculo.

Lo ignoro, ni me gasto en darle conversación. Ese, seguro se ríe de minas como yo. Ni siquiera debe saber cómo sostener un diálogo sin monosílabos. Me río sola al imaginarlo hablando de neurotransmisores o corteza prefrontal, como si su actividad cerebral fuera más compleja que la de un chimpancé en celo. Aunque cuando me ve, parece más un perro rabioso.

Escucho que quiere llevarnos a su casa, y pongo mala cara. ¿Qué pretende?

Todas vamos al baño. Es el clásico ritual femenino que nunca falla: retocar el maquillaje, chequear el peinado, sacar selfis y eso... Mientras ellas se acomodan el cabello frente al espejo, yo me apoyo contra la pared y aprovecho para tirar una excusa.

—Che… ¿y si me voy? Me duele un poco la cabeza.

Miento, con tono lastimero. Priscila se da vuelta con el delineador en la mano, sin disimular la mirada de fastidio que me dedica.

—Dale, Vane, no empieces. Somos cuatro y hay cuatro chicos. Si te vas, se rompe el equilibrio.

Celeste y Ramona asienten en silencio, como si ya empezaran con eso de una para todas o nada. No somos mosqueteras.

—Es una sola noche. No podés ser tan amargada.

Agrega Celeste, entrecerrando los ojos mientras aplica la máscara de pestañas.

—Además, ya te vestimos, maquillamos y peinamos. Me niego a que te bajes ahora.

Remata Ramona, como si hubieran hecho una inversión conmigo que yo tuviera que amortizar aceptando esta situación de m****a.

Me quedo callada, resignada. El NO, ya no es opción. Se arma un silencio tenso por unos segundos, hasta que alguien comenta que los chicos son lindos, y el tema vuelve a su curso habitual.

—Ok, pero que a mí no me toque el que me mira feo.

Murmuro antes de salir.

Los cuatro nos esperan en la vereda. El carilindo nos comenta que vive a dos cuadras. Caminamos, yo voy al margen de la conversación, repasando mentalmente los documentos que me faltan cargar en el sistema. Empiezo la concurrencia el lunes y todavía no hice tiempo para mandarlo.

Paramos frente a un pasillo y el que me mira raro abre la reja. Entramos, quedo sorprendida. El departamento es amplio, moderno y aunque tiene cajas por todos lados, me doy cuenta de su buen gusto, este tipo tiene plata.

Apenas nos acomodamos, sacan cervezas de la heladera, empiezan a tomar y a conversar. Yo me acerco a un librero y me quedo viendo los títulos. ¿Acaso son todos de medicina? ¿Este sabe algo más que ir al gimnasio para ensanchar sus brazos?

Después de un rato el tipo raro se acerca a mí, y al ver que estoy mirando por la ventana me ofrece una lata. Niego con la cabeza.

—Su amiga, la rubia, es un bajón.

Dice uno de sus amigos hablando sobre mí.

—No podemos obligarla.

Interviene el maldito perro. ¿Ahora está de mi lado? Me doy cuenta de que disfruta lo que acaba de ocurrir, ya que sonríe cuando me da la espalda. No puedo creer que me haga esto. NO LO VOY A DEJAR GANAR, tomo la cerveza de mala gana, la abro y me la bajo de golpe dando un par de tragos largos que me sacan el aire.

—Solucionado.

Respondo de manera tajante, mientras me ve desconcertado. Sus amigos aplauden. Me siento una estúpida, pero no le voy a dar el gusto de hacerme quedar mal. Aunque el alcohol hace lo suyo: me afloja. Un poco después, diviso a Ramona que vuelve del baño, y voy hacia ella, arrastrando los pies. Creo que tengo ampollas, pero no me animo a mirar frente a todos.

—¿Cuál es la puerta del baño? —consulto susurrando, y me señala una blanca al lado del dormitorio.

Camino hasta allá, entro, cierro con traba y diviso el espejo. Al notar como luzco, trato de taparme un poco, pero este vestido no perdona, se me marcan hasta los pezones. Suspiro, odiándome por aceptar esta tontería. Debería estar en mi cama repasando mis apuntes para estar lista para mi primer día de trabajo.

Mentir es la única opción que me queda. Tiene que ser algo leve y creíble:

—Chicas, vomité. Estoy mareada. Necesito irme. Nada sospechoso.

Pienso en voz alta. Después de todo, me hicieron beber de más. Me siento en el inodoro para hacer tiempo, cuando bajo la vista; una de las cintas de la sandalia está roja… Genial. La sangre, la ampolla y yo, nos volvemos una gran familia feliz. Me paso una mano por la frente y maldigo en silencio. Suspiro y empiezo a marearme, odio ver sangre, mi sangre.

Decido que es momento de salir, seguro mi acto es creíble si me ven así de pálida. Me sorprendo al darme cuenta de que el perro rabioso está parado al lado de la puerta.

—Me voy. No me siento bien. Acabo de vomitar.

Digo nerviosa, no me sale mentir. ¿Y cómo hacerlo cuando tenés en frente a un tipo que parece que te quiere despedazar?

—Eso no te lo cree nadie.

Responde, con una mueca sobradora.

—¿Por qué mentiría?

—Porque este tipo de gente te aburre, ni siquiera querías venir.

—¿Y a vos qué te importa?

No sé porque la guerrera dentro mío se abre paso ante su provocación.

—Ni siquiera sabés cómo me llamo —me reclama.

¿Quién se piensa que es?

—¿Y por qué debería saberlo? ¿Sos un modelo famoso? No veo televisión o leo revistas así que perdón

—Fuimos compañeros de facultad.

Asegura y me quedo petrificada. Por eso eran los libros.

—¿O pensaste que tus amigas aceptaron venir a la casa de un desconocido solo por mi cara de modelo?

Me quedo en silencio. Algo en él me resulta familiar y siento un nudo en el estómago. ¿Por qué no sé su nombre? Abro la boca para disculparme, pero me interrumpe.

—Tomá. Si de verdad te sentís mal por mentir, compensame.

Me pasa otra cerveza, la agarro, me doy cuenta de que me sirve para mi acting; la bebo a la fuerza. Que me haga m****a, así lo vomito en la cara.

—¿Compensado?

Me siento victoriosa, pero me dura poco. Él se acerca a mi más de lo que me gustaría, se agacha hasta tenerme de frente, es mucho más alto que yo. Nos vemos a los ojos, parece disfrutar de mi incomodidad.

—¿De verdad no te acordás de mí?

—Si te molesta, decime como te llamás y listo.

Suelto cansada. ¿Tanto lio porque no me sé su nombre? Durante cinco años en la facultad tuve más de ochocientos compañeros. Aunque tengo buena memoria, hay personas que mi mente ha elegido no recordar. No es mi culpa.

—¿Dónde están todos?

Consulto al darme cuenta de que no escucho risas.

—Se fueron a otra fiesta. Sabían que no ibas a querer acompañarlos. Así que les dije que te iba a pedir un taxi cuando salieras del baño.

Lo aparto con ambas manos para ir hasta su living y darme cuenta de que en verdad esas hijas de puta me dejaron sola con este loco. La sonrisa en su cara me provoca ganas de romperle una botella en la frente.

No sé porque, pero me dejo caer en el sillón, furiosa con mis compañeras y conmigo misma por siempre terminar como el culo. Tomo mi móvil, dispuesta a mandarlas a la m****a, pero me arden los pies, me duele la cabeza y no tengo fuerzas para discutir con nadie.

Cierro los ojos por un segundo para darme ánimos. Cuando los abro me doy cuenta de que todo está oscuro. ¿Me dormí?

Estoy desnuda sobre una cama. La cabeza me martilla mientras me siento. Busco mi ropa con preocupación, pero al moverme rápido las náuseas me invaden, por lo que corro al baño y vomito como si de eso dependiera mi vida. Me tiembla el cuerpo, se me parte el cráneo y no recuerdo nada.

¿Qué m****a hice?

Salgo del baño avergonzada. Me visto rápido y noto que en los pies tengo unas curitas. ¿Él me las puso?

No es tiempo de pensar, necesito salir de este departamento antes de revivir otra escena con el perro ese. Agarro los tacos, me ato el pelo y camino descalza en dirección a la puerta. Antes de irme, veo una libreta sobre la mesa de la cocina y sonrío con malicia, me las voy a cobrar. Dejo una nota…

Gracias por tus servicios.

Mejor no repitamos.

Autora: Osaku

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP