Inicio / Romance / Serie Venganza / AUNQUE ME CUESTE LA CORDURA
AUNQUE ME CUESTE LA CORDURA

Capítulo III - Vanesa

Bajo al bar del hospital tambaleando y veo a Ramona con el grupo de residentes. Por un segundo pienso en hacerme la boluda e irme, pero me hace una seña. Ya me vio.

—¿Todo bien?

Niego con la cabeza. Cero ganas de caretearla.

—No me siento bien, me voy a casa.

—Debe ser lo que comiste anoche.

Responde, sin darle mayor importancia, y se vuelve a meter en la conversación con los demás. Nadie me mira, pero me siento observada.

Salgo del hospital con las manos temblando y la garganta hecha un nudo. Camino rápido, sin mirar a los costados. Siento que llevo pegado en la frente un cartel que dice grande IDIOTA.

¿En qué momento se me fue todo de las manos? Otra vez un tipo que juega a dominarme y me convierte en un pedazo de m****a. Pero esta vez no lo conozco, ¿cómo voy a enfrentarlo?

Llego a los dormitorios buscando esconderme debajo de la cama. Pero el universo no me da tregua: en el pasillo, Priscila me frena.

—Che, Vane, ¡felicitaciones! Te tocó el doctor Romero, ¿no?

Tardo en procesar lo que me dice.

—¿Cómo sabés?

—Lo escuché por ahí. Como es su primer año como tutor dicen que va a ser bastante relajado. ¿No es genial?

Fuerzo una sonrisa, no sé qué carajo responder. Mi cara, evidentemente, dice más de lo que quisiera, porque me mira raro.

—¿Lo conocés?

Levanto una ceja.

—¿Estás jodiendo? Fue nuestro ayudante en Biología I, ¿no te acordás? Estaba en último año cuando recién empezábamos.

Mi cerebro frena en seco.

—¿Romero?

—Sí. Metro noventa, ojos claros, pelo castaño, siempre usaba camisa. Venía con un termo de café gigante y cara de no dormir hace días. Todos estaban detrás de él por lo listo que era, muchos decían que ibas a ser la próxima en terminar como él.

Empiezo a procesar a toda velocidad. ¿Romero en primer año?

—¿Y venía a estudiar con nosotras también?

—Un par de veces. ¿En serio me preguntas?

—No había ningún Romero como él. Me acordaría.

Ella me mira raro.

—Ahora me hacés dudar, boluda. Las chicas me dijeron que lo conocían. Capaz me estoy confundiendo. Pero si…

Llaman a Priscila y se va con cara de duda, al igual que yo. ¿Quién es este tipo? Y lo más importante... ¿Qué quiere conmigo?

Esa noche llego a la hora indicada, la puerta de rejas está abierta por lo que camino por el pasillo apenas iluminado, siento que estoy yendo a la boca del lobo. Miro mi celular antes de tocar el timbre, lo hago y suspiro. Cuento hasta diez y cuando voy a volver a timbrar..., él abre la puerta.

—Entrá.

Ordena, con tono neutro, mientras parece que está al teléfono. Aun lleva el traje que usó por la mañana, incluso tiene puesto el saco que hace juego con los pantalones.

Cruzo la puerta, aunque me quedo parada al lado, con la mano aún sobre el picaporte. Me gusta tener una salida cerca, nunca se sabe.

—Voy a cambiarme. Ponete cómoda.

Dice como si fuéramos amigos y esto fuera normal.

Se aleja sin siquiera mirarme. Yo me arrastro hasta una de las banquetas altas frente a la barra de la cocina y me siento. El departamento está impecable. Mucho más ordenado que la vez anterior.

Hay libros por todos lados, muebles modernos. Todo es bastante caro. Ya sea por mérito propio o por su familia, el tipo está cubierto de guita. Así que no es dinero lo que quiere sacarme. Eso me deja con menos opciones… y todas son peores.

Vuelve al rato, ahora lleva una musculosa que deja ver sus brazos marcados y un jogging flojo pero traicionero. Me sonrojo al notar su paquete y me odio un poco por haber mirado en primer lugar. M****a, parece que tiene un señor pepino.

Abre la heladera, saca dos cervezas y me extiende una.

—Tomá. Quiero que brindemos.

Me indica con una sonrisa. Es la primera vez que me mira de verdad desde que llegué. Pero no se queda ahí: me escanea. Desde la calza hasta el buzo largo que llevo. Debo parecerle un bulto sin forma, mejor así, que le resulte desagradable así esto termina de una vez por todas.

—Paso.

Agradezco y aparto la bebida.

—No te estoy preguntando.

Responde con una sequedad que me hace hervir la sangre. Contengo el impulso de tirársela en la cara. Estoy tensa, con los dientes apretados. Quiero gritarle, insultarlo, arrancarle el teléfono y prender fuego ese video. Pero no debo, me tiene atrapada. Puede destruirme con un clic, arruinar la residencia del medicato junto con mi futuro y mi reputación.

No sé cuánto más grabó. Por lo que respiro hondo. Abro la lata y la empiezo a tomar. No parece que vaya a quedar conforme hasta no ver que la termino, así que lo hago sin que me lo pida y la apoyo con fuerza sobre la barra. Lo observo, me quema el estómago por la bronca.

—Listo. ¿Ahora me vas a decir qué carajo querés para borrar ese video?

El perro, sonríe satisfecho.

—Si digo sexo, ¿aceptás?

Me atraganto con mi propia saliva. Empiezo a toser como una estúpida, tratando de no escupirle la cara. Lo miro como si acabara de decir que colecciona orejas humanas.

—¿¡Qué!? ¿Estás enfermo?

—¿Está mal que quiera sexo?

Recalca, con la tranquilidad de quien pide turno para un análisis de sangre. Retrocedo un poco. Mi cabeza empieza a ir a mil. ¿Qué carajo le pasa a este tipo?

—¿No hicimos eso ya? ¿Para que repetir?

Pido saber sin poder evitarlo.

—¿Qué más querés? ¿Por qué yo?

No lo entiendo. Está claro que podría tener a cualquiera. En el hospital: mis compañeras, las secretarias, mucamas y las enfermeras se babean con solo escucharlo hablar. ¿Para qué necesita manipular a alguien insignificante como yo?

Él se acerca quedando a un paso. Me ofrece otra lata, no la agarro.

—Porque seguís sin recordarme.

Aparece su ego, la herida de un narcisista. ¡No! No puede ser que haga toda esta locura por eso.

—¿Vas a emborracharme para que te sea más fácil violarme? —le suelto, con la voz tan seca que me sorprendo a mí misma.

Rompe a reír, como si acabara de contarle un chiste en una guardia aburrida.

—Si quisiera violarte, no te daría alcohol.

Responde, con un tono que me eriza la nuca.

—Te daría un hipnótico. O mejor, te colocaría una intravenosa con un bloqueante neuromuscular. Te tendría despierta, mirándome, sin poder moverte ni gritar.

Me quedo helada, no se lo ve exaltado. Lo dice como si estuviera explicando una tontería. Eso me aterra. Cuando se inclina hacia mí, me lanza una sonrisa.

—Tranquila, no soy de esos. A mí me gusta cuando las mujeres disfrutan conmigo.

Mi cuerpo entero entra en modo defensa. No hay ninguna salida a la vista que me parezca segura. Lo único en lo que puedo pensar es que fue una pelotudez venir sola hasta acá. Este tipo no está bien de la cabeza. Es tan torcido que ni siquiera sé si se da cuenta de lo que está haciendo.

—Cuando tomás alcohol te volvés más dócil.

Agrega, mientras saca el celular del bolsillo. La pantalla se enciende. Sé lo que viene antes de que le dé play. No necesito ver la imagen. Y, sin embargo, ahí está mi voz, clara y definida:

—¿Por qué me estás sacando fotos?

Preguntaba yo, medio dormida, con la voz arrastrada entre el cansancio y el alcohol. Lo peor era escucharme así.

—Porque me parecés linda cuando cerrás los ojos.

Respondía él, sin mostrarse en cámara.

Me veía acercarme a la lente, como si aquello fuera un juego. Con una mueca tierna, casi infantil, como si me estuviera divirtiendo.

—¿Y si te parezco linda, por qué me miraste con cara de perro toda la noche?

Replicaba, con un gesto idiota, demasiado confiado para lo poco que sabía de ese tipo.

Entonces él decía lo que todavía me retumba en la cabeza:

—Porque me decepciona que no me recuerdes después del año maravilloso que vivimos juntos.

—¿Qué tengo que hacer para que dejes de estar enojado?

No puedo creer lo que estoy viendo, no me reconozco. Esa chica... no solo está borracha; está coqueteando completamente desinhibida. Mucho más de lo que jamás estuve en mi vida. Me da vergüenza, pero no puedo apartar los ojos de la pantalla.

El video dura como veinte minutos. Apenas van cinco. Y ahí estoy de nuevo, gateando hacia la cama como si fuera parte de un mal sketch.

Quiero dejarlo, pensar que ya vi lo peor. Pero entonces me escucho jadeante.

—Quieta…

Trago saliva. Esto no puede estar ocurriendo. Todo lo que estoy viviendo esta semana parece salido de un delirio psicótico. Pero es real, está pasando y no me voy a ir sin ese video eliminado.

—Entiendo.

Digo, seca, mientras aparto el celular. Me inunda la rabia y la impotencia.

—Entonces tomá otra cerveza.

Me dice, como si esto fuera una joda, disfrutando cada segundo. No puedo evitar mirarla con asco. No pienso seguir jugando a embriagarme.

—No voy a seguir haciendo el ridículo. Ese video también te expone. Se escucha tu voz. Si lo publicás, también vas a quedar pegado y no creo que eso te convenga en tu primer año como tutor.

Le escupo, aferrándome a cualquier ventaja mínima que me quede. Él me suelta una risa despreciativa.

—Sos terca… Puedo editar mi voz y convertirlo en un video porno.

Me amenaza mientras me extiende la lata.

—Si me da la gana, claro.

Estoy al límite, un trago más y voy a perder el control de mi raciocinio. Él parece conocer mis puntos débiles. Cada minuto acá me hace perder la poca dignidad que me queda y le sedo el control. Pero me niego a quebrarme.

—Si lo borrás ahora… no hace falta la cerveza.

Susurro, bajando la mirada. Me observa, como si quisiera saborear su victoria. Recién ahí toma el teléfono: lo desbloquea y, con total teatralidad, lo borra delante mío. Un milisegundo de alivio, porque justo después, me pide que me quite la ropa. Siento que me ahogo, no tengo escapatoria. Me saco el buzo, dejando expuestos mis brazos escuálidos, llevo una remera y un corpiño deportivo. Empiezo a bajarme la calza, pero él me interrumpe:

—Basta.

¿Basta?

Me freno, me arde el pecho. ¿Ahora también me va a dosificar la humillación?

—¿Ahora qué pasa?

Cuestiono entre dientes sin verlo, no puedo más. Este maldito cretino me está destruyendo de a poco.

—Vestite.

Ordena, alcanzándome el buzo del piso. Lo agarro, no entiendo nada. ¿Qué está haciendo? Sea lo que sea esto… no pienso quedarme a averiguarlo. Me visto a toda velocidad, con la cabeza baja. No quiero cruzar su mirada y darle más de mí. Cuando termino, me encamino directo a la puerta, pero me detiene. Me doy vuelta de golpe, el corazón me late a mil y las manos me tiemblan. Estoy al borde del colapso.

¿Qué carajo quiere ahora? Se acerca, no quiero que me toque. Cuando intenta abrazarme lo empujo con fuerza.

—¿No te parezco atractivo?

Consulta, con esa seguridad inflada que da la soberbia. Se cree irresistible.

—Eso no significa que seas mi tipo.

Le clavo la mirada con firmeza.

Necesito parecer fuerte, aunque por dentro me esté muriendo de miedo. Tengo que mantener la calma. Si lo provoco, no sé de qué es capaz. Es más alto, más fuerte… y no está bien de la cabeza.

—Estoy cansado de este juego. ¿Por qué todavía no me recordás, Vane?

Su voz suena más blanda, como si estuviera frustrado. Me congelo, la pregunta me descoloca. Lo miro con los ojos bien abiertos. Siento el cuerpo endurecerse. ¿Qué está diciendo?

—Sé que nos conocemos… pero no recuerdo tu cara —admito, con un nudo en el estómago—. Pero… podemos empezar de cero. ¿Cuál es tu nombre?

Tengo que ganar tiempo. Sacar algo que me sirva para cuando pueda salir corriendo a denunciarlo.

—Soy Emanuel.

Responde, mirándome fijo.

Y entonces me sacude una ráfaga y algo dentro mío hace click.

—No podés ser Emanuel…

Susurro, en shock. Emanuel era dulce, tímido y bueno. Lo conocí en segundo año. Él estaba en el último. Se vestía mal, usaba lentes, era torpe, distraído. Todos se burlaban de él, aunque tenía las mejores notas. Su único objetivo era ser médico y ayudara otras personas, trabajaba en refugios. Quería entrar a Médicos Sin Fronteras. Ese Emanuel no tiene nada que ver con el tipo que tengo enfrente.

—Tuve un accidente. Me fracturé la nariz y la mandíbula. Es lo único que cambió.

Dice, casi ofendido. Y entonces, cambia el tono en el que me habla. Esa voz… esa sí es la de Emanuel.

—Lo demás fue cuestión de pasar más tiempo en el gimnasio que estudiando… por lo menos mientras rehabilitaba.

Siento que el estómago se me encoje. Lo empujo, con toda la fuerza que tengo. Necesito sacarme de encima toda esta confusión. Pero él me abraza con fuerza.

—¡¿Qué carajo te pasa?!

Grito, fuera de mí.

—¿Por qué me hiciste pasar por esto?

El grito rebota por la habitación. El miedo, la bronca, el desconcierto… todo explota.

—¿Por qué grabaste ese video? ¿Por qué hiciste eso si se suponía que éramos amigos?

Le doy un golpe fuerte al pecho, me arde la mano. Lo miro con furia, pero hay más que enojo en mí.

—Idiota… idiota…

Repito, dolida. Ya no sueno tan agresiva. Estoy quebrada.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?

Intento parecer tranquila, pero por dentro sigo hecha un nudo.

—Me hizo gracia que no me reconocieras.

Responde como si nada, con una sonrisa estúpida.

—Quise jugar un poco, pero se me pasó la mano.

Me abraza fuerte. Así, como si el abrazo pudiera borrar las horas de angustia, me quedo quieta. No lo aparto. Hay algo en su cuerpo que me da calor, algo que intenta convencerme de que todo fue un malentendido.

—Te pasaste, desgraciado… ¿Y el video?

Reclamo después de un rato de estar así. Todavía necesito entender. Emanuel se ríe. Como si aún le causara gracia. Me suelta, y siento un vacío frio. Va hasta la mesa, agarra el celular y adelanta el video.

Ahí estoy, a cuatro patas sobre la cama. Riéndome y ladrando como si fuera un cachorro. Después intento morderlo y me caigo con medio cuerpo fuera de la cama. Él me ayuda a subir. Lo llamo por su nombre y lo abrazo, le digo que lo extrañé… y me duermo en sus brazos.

¿Eso fue todo?

—Estabas tan borracha que no podías ni mantenerte en pie.

Se burla.

—Por eso ibas gateando. Tontita…

Me acaricia el pelo mientras me saca el celular. Todo cambió, pero ¿por qué me sigo sintiendo igual de expuesta?

Autora: Osaku

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP