Capítulo XII

Testigo del dolor

El tiempo se desvanecía con cada tic-tac del reloj, y el silencio sepulcral que envolvía el camino hacia la mansión era ensordecedor. Verónica, con su mirada perdida en el vacío y el corazón encogido por el miedo, apenas podía contener las lágrimas que amenazaban con brotar ante la incertidumbre de lo que Antonio podría hacerle. Él, impasible y distante, contemplaba el paisaje a través de la ventana del carruaje, ajeno al tormento de su joven esposa.

—Antonio... —Su voz tembla
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