Capítulo XI

Ecos imperecederos del tiempo

Verónica

En el crepúsculo del amanecer, la idea de huir en aquel carruaje me inquietaba, pero la visión de mi nana, radiante de felicidad por rescatarme de aquel infierno, encendía una chispa de esperanza en mi corazón. Albert, el cochero, había cargado nuestras pocas pertenencias; él nos dejaría en manos del amigo de Enrique, quien nos esperaba con su barco para luego regresar.

Entrelacé los dedos con los de Doty y le ofrecí una sonrisa sincera. Ella estaba ponien
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