Ecos imperecederos del tiempo
Verónica
En el crepúsculo del amanecer, la idea de huir en aquel carruaje me inquietaba, pero la visión de mi nana, radiante de felicidad por rescatarme de aquel infierno, encendía una chispa de esperanza en mi corazón. Albert, el cochero, había cargado nuestras pocas pertenencias; él nos dejaría en manos del amigo de Enrique, quien nos esperaba con su barco para luego regresar.
Entrelacé los dedos con los de Doty y le ofrecí una sonrisa sincera. Ella estaba poniendo su vida en juego por mí y eso me llenaba de temor.
—Pronto serás libre, mi pequeña —susurró con ternura—, y podrás encontrar la felicidad, a pesar de todo lo que has padecido.
—Todo gracias a ti, Nana —respondí con una sonrisa y un abrazo—. Has sido mi faro de esperanza y te estaré eternamente agradecida.
—Ay, mi niña —dijo acariciando mis manos con dulzura—. Yo solo te he protegido y apoyado; tú eres la verdadera luchadora, resistiendo cada herida y cada abuso de ese monstruo.
Tras un breve