Capítulo IV

Ecos de un corazón herido

Breidston, 1864

En el corazón de una región dominada por altos árboles y una naturaleza exuberante, dos jóvenes se deslizaban con serenidad sobre sus monturas, embelesados por la belleza del paisaje que se desplegaba ante ellos en las tierras ancestrales. Durante su cabalgata, se sumergían en reflexiones y diálogos sobre sus vidas en Breidston, compartiendo recuerdos y anhelos junto a su tía, la hermana de su madre fallecida.

Desde el lúgubre adiós en el funeral de su madre, habían encontrado refugio en la compañía de su tía. El primogénito, Charles William Salvador Greenwich, un apuesto joven de treinta años con cabellos de ébano y ojos azules como zafiros, heredados de su madre, se debatía entre la indignación y el dolor. La decisión de su padre de contraer nupcias nuevamente tan pronto como la tierra se cerró sobre su madre había dejado una cicatriz en su alma. Charles, de estatura imponente y presencia magnética, era un hombre de carácter firme y protector, un refugio para sus seres queridos y un muro infranqueable para aquellos que osaran desafiarlo.

A su lado, la figura delicada de Sarah Elizabeth Salvador Greenwich, veinticuatro primaveras a sus espaldas, reflejaba la belleza etérea de su madre. Su cabello, oscuro como la noche sin luna, enmarcaba unos ojos avellana que destilaban inocencia y pureza. Aunque de estatura media, su porte era el de una dama de noble cuna. Su risa, un canto de alegría y dulzura, contrastaba con la seriedad de Charles. Amante de la naturaleza y las aventuras al aire libre, Sarah encontraba su pasión en la equitación y el tiro con arco, siempre bajo la atenta mirada de su hermano.

Sumidos en sus pensamientos, los dos jóvenes cabalgaban en silencio hasta que Sarah, con una mirada inquisitiva, interrumpió la quietud. Su hermano llevaba en su rostro una seriedad que presagiaba reflexiones profundas.

—¿Qué te preocupa, Charles? —preguntó Sarah, deteniendo su montura para encontrarse con la mirada de su hermano—. ¿Acaso son malas noticias?

—No, nada de eso, hermana —respondió él, sus ojos azules encontrando los de ella—. Es nuestro padre… —Un suspiro se escapó de sus labios mientras la nostalgia y la resignación teñían su voz—. Han pasado ocho años desde la última vez que lo vimos y, aunque deberíamos visitarlo, no puedo soportar la idea de que te empareje con alguien de su elección, especialmente con alguien mucho mayor.

Sarah le ofreció una sonrisa tierna, asintiendo en silencio. Las palabras de su madre resonaban en su mente, un eco dulce y doloroso:

“Cásate solo con el hombre que ames, aquel que haga danzar mariposas en tu estómago con solo tomar tu mano, y que su única preocupación sea tu felicidad”.

Una lágrima solitaria trazó su camino por la mejilla de Sarah al recordar a la mujer que les había dado la vida. La añoranza por los consejos maternos, los abrazos reconfortantes y los cuentos nocturnos la embargaba. Con los ojos empañados, miró a Charles y le sonrió con melancolía.

—La extraño cada día —confesó con voz quebrada—. Sus palabras, sus abrazos, las historias que nos contaba… los paseos al alba.

—Y yo también, mi pequeña —respondió Charles, acercando su caballo para envolver a su hermana en un abrazo—; aunque ella ya no esté, siempre me tendrás a mí. Siempre estaré a tu lado.

En el refugio de los brazos de su hermano, Sarah asintió, reconfortada por la promesa de un apoyo incondicional. Charles secó las lágrimas de su hermana con ternura y depositó un beso en su frente, un gesto de protección y cariño.

—Juntos para siempre, Sarah —susurró él con una sonrisa cálida.

—Juntos para siempre, Charles —repitió ella, devolviéndole la sonrisa.

—Ahora, debemos volver antes de que tía Margareth se preocupe —dijo Charles, con una risa que disipaba la sombra de la tristeza.

Con una sonrisa traviesa, Sarah espoleó su caballo y partió al galope hacia la mansión, seguida de cerca por Charles, cuya expresión sonriente reflejaba la complicidad entre hermanos. Tras unos instantes de carrera, alcanzaron la residencia de su tía y guiaron a los caballos hacia los establos. Luego, unidos por el brazo, los hermanos se adentraron en la calidez de su hogar, entre risas que resonaban con las travesuras de Sarah.

Sin embargo, su regocijo se vio interrumpido al encontrar a su tía Margareth, erguida como una estatua en el centro del salón, aguardándolos con una mezcla de severidad y afecto.

—Vuestras pequeñas insurrecciones aún me harán sufrir un desmayo —proclamó la tía, aunque su sonrisa traicionaba su fingida consternación.

—Conoces nuestra esencia, querida tía —replicó Sarah, su sonrisa pícara iluminando la estancia—. Somos dos almas errantes en busca de lo extraordinario y lo encantado.

Charles no pudo evitar reír ante la ocurrencia de su hermana, mientras su tía, con una risa indulgente, les instó:

—Vayan, límpiense. El almuerzo os espera.

Asintiendo, los hermanos se dirigieron a sus habitaciones. No obstante, en un gesto inesperado, Margareth retuvo a Charles con una mano en su brazo. Con una mirada grave, le extendió un sobre que sembró la confusión en su sobrino.

—¿De quién es esta misiva? —preguntó Charles, examinando el sobre con curiosidad y algo de recelo.

—Es de vuestro padre —respondió Margareth, su voz desprovista de emoción—. No la he abierto; deseaba que fueras tú quien la leyera.

El semblante de Charles se endureció ante la noticia. Asintió solemnemente y depositó un beso en la frente de su tía antes de ascender las escaleras hacia su habitación, el sobre aún en sus manos. La audacia de su padre al enviarle esa carta tras ocho años de silencio lo dejaba perplejo. No deseaba leerla, temiendo que contuviera planes para el futuro de Sarah que no respetaran su voluntad. Charles estaba resuelto a proteger a su hermana de cualquier designio que no fuera el amor verdadero, honrando así el último deseo de su madre: que él velara por el bienestar de Sarah. Con este pensamiento firme en su mente, se vistió para el almuerzo, decidido a enfrentar lo que viniera.

Minutos más tarde…

El almuerzo transcurría en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el tintineo de los cubiertos contra la fina porcelana. Sarah, con una mirada inquisitiva, observó primero a Charles, cuya seriedad era un manto de pensamientos, y luego a su tía Margareth, absorta en la contemplación de su plato.

—Basta ya —exclamó Sarah, depositando sus cubiertos con decisión—. Es hora de que me digan qué sucede. Charles, tu gravedad es un enigma y tú, tía, pareces buscar respuestas en tu comida. Nuestros almuerzos solían ser festivos, no este lúgubre silencio.

Los dos mayores intercambiaron una mirada cómplice antes de que Charles tomara la palabra, su voz firme pero cargada de emoción.

—Ha llegado una carta de nuestro padre —confesó, capturando la atención de Sarah—. Aún no la he leído, pero te aseguro, hermana, que no cederé a ninguna demanda que atente contra tu felicidad. La voluntad de nuestra madre es sagrada.

Sarah, con un gesto de comprensión, acarició la mano de su hermano.

—¿La leeremos juntos? —preguntó con un atisbo de tristeza.

—Si así lo deseas, lo haremos —respondió Charles, besando la mano de su hermana en un acto de apoyo fraternal.

Margareth observaba la escena, una sonrisa orgullosa adornando su rostro al contemplar la fortaleza y el amor que emanaban sus sobrinos. En su mente, la imagen de Francisca, la madre de los jóvenes, brillaba con fuerza.

Francisca Juliette Greenwich de Salvador, una visión de belleza y bondad. Su cabello era una cascada de noche eterna, sus ojos, dos lagos azules profundos, y su piel, pálida como la luna. De estatura media y figura esbelta, Francisca era una mujer de espíritu aventurero y corazón generoso. Creyente del amor verdadero, había sido una madre excepcional, que guiaba a sus hijos con amor y sabiduría. Aunque su matrimonio comenzó sin amor, con el tiempo, su corazón encontró cariño por Antonio, su esposo. Pero la felicidad se vio truncada por la cruel sentencia de la leucemia. Durante tres años, la familia presenció la lucha incansable de Francisca contra la enfermedad, mientras su salud se desvanecía como la luz del día al anochecer.

Francisca se mantuvo fuerte por su familia hasta que la enfermedad la consumió, dejando tras de sí un vacío inmenso. La luz que ella representaba se extinguió, sumiendo la casa en la penumbra. Charles, aunque destrozado, se erigió en pilar de fortaleza para Sarah, ocultando su propio dolor. Noches enteras pasaba en el jardín, llorando en secreto, abrazando sus rodillas bajo el manto de la luna. La muerte de su madre transformó al joven de un espíritu alegre en un hombre serio y reservado.

La decisión de su padre de casarse nuevamente, tan pronto como el último adiós a Francisca fue pronunciado, encendió en Charles un fuego de ira que aún arde con intensidad. Nunca había confrontado a su padre, por respeto a su madre, pero aquel día, la furia que había contenido se desató con la fuerza de una tormenta desatada.

El carruaje avanzaba lentamente, envuelto en un silencio sepulcral. Dentro, Sarah y Charles iban acompañados por su padre y su tía Margareth; ambos jóvenes compartían el luto en un abrazo silencioso, mientras que Antonio y Margareth contemplaban el paisaje con ojos vidriosos, aún aturdidos por el adiós a Francisca. La ausencia de ella había dejado un vacío insondable en sus corazones.

Antonio, con la mirada perdida en el horizonte, sentía el peso del duelo compartido. Aunque el dolor de la pérdida lo consumía, sabía que debía ser el pilar para sus hijos. En su mente, un pensamiento se abría paso entre la tristeza: pronto se casaría de nuevo. Había aceptado la propuesta de unir su vida a una joven doncella, un arreglo concertado por sus padres. La noticia, aún no revelada, sería otro golpe para sus hijos, pero esperaría el momento adecuado, en la calma de su hogar, para comunicarles su decisión.

Al llegar a la mansión, los adultos descendieron primero del carruaje, seguidos por los jóvenes. La casa los recibió con su silencio habitual, ahora cargado de recuerdos y ecos del pasado. Charles y Sarah se dirigían a sus habitaciones cuando la voz firme de Antonio los detuvo.

—Esperen, necesito hablar con ustedes. —Su voz resonó en el vestíbulo mientras señalaba las sillas con un gesto solemne—. Por favor, tomen asiento.

Los hermanos obedecieron, sentándose frente a su padre. Margareth, con una mirada llena de incertidumbre, tomó asiento junto a ellos. Los tres fijaron sus ojos en Antonio a la espera de sus palabras. Charles y Sarah ignoraban lo que su padre estaba a punto de decir, pero Margareth, que había notado algo inusual durante el funeral, presintió que no serían buenas noticias.

—Lo que estoy por decirles cambiará nuestra familia —comenzó Antonio, su voz teñida de melancolía—. Jamás olvidaré a su madre, ella fue el amor de mi vida, pero creo que es tiempo de mirar hacia adelante, por el bien de todos nosotros —dijo, dirigiéndose a sus hijos con una mirada cargada de significado.

—Padre, ¿a qué te refieres? —preguntó Charles, su confusión evidente en el rostro.

Sarah permanecía en silencio, la confusión reflejada en sus ojos mientras observaba a su padre. Antonio respiró hondo, preparándose para pronunciar las palabras que cambiarían todo.

—He decidido volver a casarme. Las palabras salieron de su boca con una rapidez que sorprendió incluso a él.

Charles y Sarah se quedaron petrificados, incapaces de procesar la noticia. Margareth, por su parte, sintió una punzada de dolor al pensar en lo rápido que su cuñado parecía haber olvidado a su hermana.

—¿Qué estás diciendo, padre? —La voz de Charles temblaba, mientras luchaba por articular las palabras—. ¿Te casarás de nuevo?

—Sí, hijo, he tomado la decisión de casarme nuevamente —afirmó Antonio con una mirada penetrante.

—Inconcebible… —Charles se puso de pie abruptamente, la ira hirviendo en su interior—. Acabamos de despedir a nuestra madre, tu esposa, y ya contemplas reemplazarla —lo encaró con vehemencia—. ¡Pareces ciego al tormento que nos aflige! —Su voz se elevó, cargada de furia—. ¿Acaso no sientes nuestro dolor?

—Lo hago pensando en el futuro de nuestra familia —replicó Antonio, su tono serio reflejando su molestia.

—¿Qué futuro? —Charles lo confrontó con furia—. No necesitamos a nadie más. ¡Necesitamos a nuestra madre! —Sus ojos ardían con ira—. Ella se fue, víctima de esa cruel enfermedad, y tú… ¡pareces indiferente!

—No digas eso, Charles. Tu madre fue y siempre será el gran amor de mi vida. —Antonio elevó su voz en respuesta—. Pero debo pensar en el bienestar de todos nosotros.

—¡No, no lo haces! ¡Solo piensas en ti! —Charles estalló, su enojo palpable—. No permitiré que borres su memoria.

Con esas palabras, Charles abandonó la sala a toda prisa, consumido por la ira hacia su padre. Antonio dirigió su mirada hacia Sarah, quien se levantó de su asiento con una negativa llena de tristeza y siguió a su hermano.

Antonio entonces se volvió hacia Margareth, quien negó con la cabeza antes de ponerse de pie. Con voz quebrada por la tristeza, dijo:

—Intentas arreglarlo todo. —Margareth lo miró con ojos entristecidos—. Pero eres ciego al sufrimiento de tus hijos… —Suspiró con pesar—. Haz lo que creas necesario, pero no podrás evitar su resentimiento.

Margareth recogió sus pertenencias y se retiró a su hogar, dejando a Antonio solo, frustrado por la falta de apoyo familiar.

Mientras tanto, Charles estaba en su habitación, empacando su equipaje con determinación. Había instado a Sarah a hacer lo mismo, pues estaba resuelto a no quedarse a presenciar cómo se desvanecía el recuerdo de su madre. Tomó sus pertenencias y las de su hermana y se dirigió hacia donde las dos mujeres lo esperaban para partir juntos hacia Breidston.

Desde la ventana de su estudio, Antonio observaba a sus hijos mientras preparaban su partida. Ambos mostraban corazones afligidos y rostros de enojo. Antonio, con una expresión de severidad y disgusto, se apartó de la ventana sin despedirse.

Charles cargó el equipaje con la ayuda del cochero y asistió a su tía y a Sarah a subir al carruaje. Lanzó una última mirada a la casa que había sido su hogar durante 22 años, donde había conocido la felicidad junto a su hermana y su madre. Su vista se detuvo en la ventana del estudio de su padre antes de subir al carruaje y alejarse de aquel lugar.

Margareth comprendía con dolorosa claridad el sufrimiento de Charles, un dolor que se profundizó con la inesperada noticia del nuevo matrimonio de su padre. Fue ese anuncio precipitado lo que desbordó su paciencia y lo impulsó a tomar la decisión apresurada de partir y buscar refugio en su tía.

Margareth, consumida por la indignación hacia su cuñado por su apresurada decisión de casarse de nuevo, exhaló un suspiro cargado de tristeza. En la soledad de su luto, hizo una promesa silenciosa a su hermana fallecida: velaría por sus hijos con todo el amor y la protección que su madre, ahora ausente, no podía brindarles.

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