Capítulo III

Tatuajes del Alma

Verónica

Con el peso de un pasado tormentoso a cuestas, las memorias de un sufrimiento diario me asaltaban. No obstante, encontré la serenidad necesaria para retomar la cadencia de mi vida cotidiana. Doty ya tenía lista la tina cuando, despojándome de la camisola nocturna, mi espalda quedó al descubierto. El espejo reflejaba la cicatriz atroz, un recordatorio perenne de un dolor grabado en mi piel. Las huellas de la violencia se delineaban ante mis ojos; cada contorno, palpado con delicadeza, evocaba una tristeza profunda. Un suspiro se me escapó al cruzar miradas con mi nana, testigo silente de mi vergüenza. La idea de ser objeto de burlas por esas marcas me llenaba de desazón.

—Mi niña, la tina está lista —anunció Dorothea con dulzura.

—Gracias, nana —musité, dejando escapar otro suspiro.

Me sumergí en el agua cálida buscando consuelo para mi cuerpo cansado, mientras Doty me extendía una taza de té reconfortante. Al cerrar los ojos, la imagen de Luz, mi incondicional compañera, surgió en mi mente. Una lágrima se deslizó al recordar su trágico final a manos de aquel monstruo, cuyo único propósito era castigarme por haberle eludido.

Reviví aquellos momentos de libertad corriendo junto a ella, sintiéndome vigorosa y libre como un ave que surca el cielo. Luz representaba la pureza y lealtad más sinceras que jamás había conocido. Un nuevo suspiro se mezcló con la nostalgia al rememorar aquel día en que, siendo aún una niña, me perdí junto a ella.

Perdida en la inmensidad del bosque, la soledad y el miedo me envolvían. Mis lágrimas eran el único testimonio de mi desesperación por no encontrar a mis padres. Encogida en el suelo, abrazaba mis rodillas temiendo ser olvidada en aquel lugar. Sumida en mis pensamientos más oscuros, el relincho de Luz me devolvió al presente. Su presencia era un faro en la penumbra; instintivamente supe que debía montarla. Con incertidumbre, me erguí y me acerqué a ella. Sus ojos me transmitían calma mientras acariciaba su hocico y, con cautela, me acomodé sobre su lomo, inexperta en el arte de la equitación. Luz inició su marcha con una gentileza que me infundía seguridad.

El tiempo se diluyó en nuestro andar hasta que, en la lejanía, emergió la silueta de mi hogar. La figura de mi padre, acompañado por el capataz y los sirvientes, se recortaba contra el crepúsculo, todos ellos sumidos en una búsqueda frenética. Luz, con un relincho, reclamó su atención, y sus miradas convergieron en nosotras. Mi padre, con pasos apresurados, se aproximó y me recibió en sus brazos con una ternura que disipó mis temores.

—Mi niña, ¿dónde estabas? —inquirió, examinándome con preocupación—. Estábamos muy angustiados.

—Lo lamento, padre —confesé, la vergüenza pesando sobre mí—. Me extravié y no hallaba el camino de regreso.

—Mi niña… —susurró, estrechándome de nuevo antes de mirarme con desconcierto—. Pero, ¿cómo encontraste el camino a casa?

Dirigí una sonrisa a Luz y acaricié su melena, luego volví mi vista hacia mi padre, cuya confusión era palpable.

—Luz me guio —revelé, sosteniendo su mirada—. No tengo explicación, pero ella conocía la ruta, y gracias a eso estamos aquí.

El asombro se pintó en el rostro de mi padre, incrédulo ante la hazaña de mi yegua. De alguna manera, Luz había memorizado el sendero aquel día y me había traído de vuelta sana y salva. Desde entonces, Luz no solo fue mi compañera, sino también mi salvadora y guía.

Las lágrimas brotaban sin cesar al evocar aquel momento sublime en que Luz me guio a casa, el día en que se ganó un sitio eterno en mi corazón y el respeto inquebrantable de mi padre. La mano cálida de mi nana secó una lágrima rebelde, y nuestras miradas se encontraron, cargadas de una tristeza compartida.

—Mi niña, es hora de salir —mencionó mi nana, sosteniendo la bata—. No queremos que te resfríes.

—Lo sé, Nana —respondí con un suspiro—. ¿Por qué él nos hizo esto? ¿Por qué me quitó a Luz? —Mis ojos se inundaron de nuevo.

—No tengo las respuestas, mi niña —susurró ella, envolviéndome en la bata—, pero se hará justicia por todo lo que te ha hecho.

—Luz era parte de mi alma —confesé entre sollozos, refugiada en su abrazo—. ¿Cómo podré perdonarle algún día?

Doty me sostuvo, llorando conmigo, comprendiendo el inmenso dolor que Antonio sembró en mi ser al arrebatarme a Luz. Con ternura me consoló y me asistió a vestirme con un vestido celeste de líneas simples, adornado con detalles blancos, y unos zapatos de cuero blanco con cordones. Luego, con delicadeza, trenzó mi cabello en un recogido elegante y aplicó maquillaje con suavidad para ocultar los moretones de la noche anterior.

Respiré hondo y avancé hacia el desayuno, acompañada por ella. Dejamos la habitación y nos dirigimos a las escaleras. Al llegar al último peldaño, Albert se acercó con un gesto cortés.

—Señora, le han enviado una carta —dijo, extrayéndola de su bolsillo.

—¿De quién es, Albert? —pregunté, confundida, pues no esperaba correspondencia.

—De sus padres —respondió con una mirada penetrante.

Desinteresada y con voz apagada, instruí:

—Quémala, Albert. No deseo saber nada de ellos, ni recibir sus cartas.

Fue lo último que expresé antes de encaminarme al comedor, con un torbellino de resentimiento hacia mis padres. Ellos pudieron evitar mi sufrimiento y no lo hicieron; ahora, su carta llegaba demasiado tarde. Me dirigí a la sala y tomé asiento para desayunar, sumida en mis pensamientos.

Dorothea

Un suspiro se me escapó al ver a mi niña alejarse, su enfado palpable por la carta recibida de Don Roberto y Doña Esmeralda. Conocía bien el resentimiento que Verónica sentía hacia sus padres; aunque ellos ignoraban el daño que Antonio le infligía, su dolor era evidente. Otro suspiro me sobrevino al encontrarme con la mirada inquieta de Albert, testigo del disgusto de Verónica.

—Dámela, Albert —solicité, extendiendo la mano hacia el sobre—. Haré el intento de persuadirla para que la lea, aunque no será tarea fácil.

—Toma, Doty —dijo Albert, entregándome la carta con un temblor en su voz—. Pero ten cuidado de que el señor no la descubra, sabes las consecuencias si se entera.

Con un gesto de asentimiento, oculté la carta en mi vestido antes de dirigirme hacia mi niña, quien permanecía inmóvil frente a su desayuno intacto.

—Mi niña, debes comer algo —la insté, acariciando su espalda con suavidad—. No es bueno que dejes el estómago vacío.

Ella levantó la mirada hacia mí y luego reposó su cabeza contra mi vientre, mientras yo la rodeaba con mis brazos.

—No puedo creer que después de ocho años hayan decidido enviarme una carta. —Sollozó, buscando consuelo en mi abrazo—. No comprenden el odio, el rencor y la tristeza que han sembrado en mí.

—Entiendo tu dolor, mi niña —respondí acariciando su mejilla—, pero ellos desconocen las atrocidades de ese hombre. —La miré con una mezcla de tristeza y compasión—. Comprendo tu enojo por el matrimonio forzado, pero quizá deberías considerar leer sus palabras.

—No, nana —replicó con firmeza—. Quema esa carta. El daño que me han causado mis padres… Jamás podré perdonarles —dijo antes de volver su atención al desayuno.

—Como desees, cariño —concedí, depositando un beso en su cabeza—, pero ahora come, necesitas mantener tu fuerza.

Con un leve asentimiento, ella accedió a probar un bocado. La observé, reflexionando sobre la tormenta interna que Antonio había desatado en ella. Aunque se mostraba fuerte ante el mundo, por dentro estaba hecha añicos.

Con una sonrisa melancólica, me retiré de la sala, meditando sobre cómo convencería a mi niña para que leyera la carta de sus padres. Me dirigí a la cocina para limpiar los utensilios del desayuno, mientras consideraba estrategias para ablandar su corazón endurecido.

Verónica

Me encontraba en el desayuno, intentando levantar el ánimo del suelo. Sabía que, si no comía, preocuparía a mi nana. Estaba tomando un sorbo de jugo de naranja cuando Antonio hizo su entrada en el comedor. Guardé silencio para evitar sus habituales reprimendas. Él tomó asiento al final de la mesa y comenzó a comer sin decir palabra.

El silencio era opresivo, roto solo por su voz grave.

—He ido a comprobar si había noticias de mis hijos, pero nada —comentó, con un sorbo de su jugo—. Estoy seguro de que Charles está detrás de su silencio, pero debe comprender que ya no es un niño y necesita actuar como un adulto.

—Probablemente responderán o vendrán pronto —respondí, evitando cualquier confrontación.

—Así lo espero, porque de lo contrario, iré a Breidston a buscarlos —afirmó con severidad.

Asentí, prefiriendo mantenerme al margen de sus asuntos. Pero su tono se endureció aún más.

—Hoy, al pasar por el correo, me encontré con tus padres —dijo con una mirada penetrante—. Me han dicho que te enviaron una carta.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo ante sus palabras.

—¿Una carta? No, no he recibido nada, quizá se perdió —contesté, ocultando mi ansiedad.

—Más te vale que no me estés mintiendo, porque ya sabes las consecuencias —amenazó, apretando mi mano hasta causarme dolor—. ¿Entendido?

Con miedo, asentí, y continuamos el desayuno en un silencio sepulcral. Al terminar, él se dirigió a su estudio, dejándome una advertencia de que no lo interrumpiera. Asentí y me retiré para leer un poco, buscando alivio en la tranquilidad de la mañana soleada y el aire cálido.

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