CAPÍTULO — La Sangre que Despierta
La plaza estaba abarrotada de gente de todas las edades. Pero el silencio tenía un filo que cortaba el aire.
El Alfa Gael permanecía de pie, en el centro del círculo de piedra donde se hacían los juicios y se dictaban sentencias, estaba con la espalda recta y los ojos encendidos. El sol bajaba detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un ámbar espectral. Era como si incluso la luz supiera que algo estaba por quebrarse en la manada Fuego de Luna.
Y él, por