La Luna aún no se había posado en el cielo, pero Lidia ya caminaba como si la noche le perteneciera. Su figura se deslizaba por los corredores de la Casa del Alfa con la precisión de una sombra entrenada para no dejar huellas, y sin embargo, su paso firme y su expresión imperturbable hacían temblar el aire mismo a su alrededor. Quienes cruzaban su camino bajaban la cabeza. Nadie osaba detenerla, ni siquiera mirarla a los ojos.
Esa noche, en su mirada había algo más que dureza o autoridad. Había