Descanso en nuestra cama, metida bajo las mantas viendo la tele. Me aburro, pero no se lo digo a Raphael. Cada pocos minutos, mis ojos se apartan del televisor y se dirigen hacia Raphael, que ha convertido nuestro dormitorio en un despacho improvisado para poder vigilarme.
Le había dicho que estaría bien. Seguíamos en la misma casa y siempre podía subir a ver cómo estaba, pero se negó. Decía que necesitaba vigilarme cada segundo, que los minutos y las horas eran demasiado tiempo.
Lo veo usar la