Al día siguiente.
Abrí las cortinas y me encontré a Soren arrodillado frente a mi casa. Llovía a cántaros y él ni intentaba cubrirse. Estaba demacrado, nada que ver con el hombre altivo de ayer.
Lo miré en frío. No sentí nada.
No pensaba atenderlo, pero se quedó ahí, como clavado al suelo, desde que amaneció hasta que oscureció, sin moverse un centímetro. Solté un suspiro y, al final, abrí la puerta.
En cuanto me vio, los ojos le brillaron.
—Lyra, lo sabía. Aún me llevas aquí —dice, tocándose el