GABRIELA:
Mientras me dirigía a la siguiente aula, sentí cómo el peso de mis pensamientos se desvanecía un poco. La clase de matemáticas en este momento eran mi refugio, mi pequeño santuario donde las ecuaciones y los problemas numéricos ocupaban mi mente y me mantenían alejada de las sombras que amenazaban con consumir mis pensamientos.
Sabía que en ese momento necesitaba concentrarme en mis estudiantes, en sus sonrisas curiosas y sus preguntas. Si lograba sumergirme en la enseñanza, podría o