El aire en el pasillo me quema los pulmones. No estoy corriendo de un incendio; estoy huyendo de una violación emocional, y la peor parte es que fui cómplice. Mi cuerpo sigue vibrando, ese temblor residual de un orgasmo violento y prohibido. Mis piernas se sienten como gelatina, pero mi mente grita una sola palabra: humillación.
Pido un taxi en la entrada del personal, ignorando las miradas furtivas de los pocos médicos que aún están por ahí. Me siento en el asiento trasero, apoyando la frente