Miro el techo. M****a. ¿Qué hora es? El reloj digital en la mesita de noche de invitados me confirma mi tortura: 4:40 a.m.
Cuatro horas de intentar conciliar el sueño en este colchón quejumbroso, y mi mente no ha parado de proyectar la misma imagen: Elara, con los ojos hinchados por el llanto y la rabia, gritándole a ese tipo, Cassian.
Hay algo en ella, en su caos controlado, que no me deja tranquilo. Ryan me advirtió que era especial, pero no me preparó para este nivel de electricidad. Es u