Punto de vista de Judy
No podía dejar de pensar en Megan Churchill, atrapada en una cama de hospital durante veintitrés años, sostenida únicamente por máquinas. La idea me oprimía el pecho.
Gavin decidió que llevar a Eliza con nosotros era lo más sensato, ya que podría decirnos exactamente cuál era el estado de Meg y, con suerte, sabría si existía alguna forma de ayudarla. Tal vez hasta podríamos llevarla a casa para que pudiera conocer a su hija.
De camino a la casa de la manada, le conté a Gavin lo esencial: la maldición, el vínculo con Meg, la urgencia de llegar hasta ella. Ya era tarde, así que sabíamos que Eliza y Taylor estarían en la casa la manada a esas horas.
Gavin estacionó frente a la casa y tras un breve silencio, bajó del auto y rodeó el vehículo para abrirme la puerta, ofreciéndome la mano.
Sentí que se me calentaban las mejillas al tomarla. Me ayudó a bajar y quedé demasiado cerca de él, siendo consciente de su presencia y de mi propio cuerpo.
—Tengo a unas cuantas más