Irene estaba sentada en la cama, con el rostro hundido en el celular y el cuerpo temblando.
—Hola —dije al entrar y cerrar la puerta detrás de mí—. Te traje pizza.
Levantó la vista con el ceño fruncido, pero enseguida volvió a mirar la pantalla.
—No tengo hambre —murmuró.
—Sí, pero deberías comer algo —insistí—. Sé que tuviste un día pesado y que no esperabas que Erik te soltara todo eso, pero necesitas mantener tus fuerzas.
—Erik fue un imbécil al hacer lo que hizo —dijo con rabia.
—Tal vez lo