—El portero no nos quiere dejar entrar —repitió Irene—. Está siendo un completo imbécil.
—Denme un segundo —murmuró Gavin mientras sacaba su teléfono.
Irene tenía una expresión de triunfo en el rostro, incluso me hizo una seña para que la siguiera. Nan y yo la seguimos, preguntándonos qué iba a hacer, hasta que la vimos acercarse al portero de nuevo.
—Te lo advierto… más te vale dejarnos entrar —dijo, elevando un poco la voz.
Mi pecho se contrajo; Irene había tenido razón antes, cuando dijo que