El reloj de pared marcaba las seis y media de la tarde cuando la puerta de la oficina de Nathan Force se abrió sin previo aviso. Sus asistentes habían aprendido hacía tiempo que la hija de Jon Smith era de esas personas que no pedían permiso: simplemente entraban como si el mundo entero estuviera a su disposición.
Nathan, sentado tras su amplio escritorio de madera oscura, apenas levantó la vista de los documentos que estaba revisando. La pantalla de su portátil reflejaba números interminables,