Días después.
La oficina de Nathan Force se encontraba en un orden impecable, como si el mármol negro y las paredes cubiertas de cristales ahumados reflejaran el control absoluto que él ejercía sobre cada detalle de su imperio. El aire olía a cuero y a un leve aroma de whisky, ese que siempre lo acompañaba. El escritorio estaba preparado para la reunión: carpetas gruesas, el contrato ya revisado por los asistentes legales y tres copas de cristal servidas con un bourbon carísimo.
Nathan estaba d