39. Dime que eres mía. 

Al despertar, me sentía un poco confundida, sobre todo debido a una molestia que percibía en mi espalda. Al abrir los ojos, me di cuenta de que Derek aun dormía plácidamente, su aroma varonil me embriagaba, pero algo más captó mi interés.

Observaba fijamente en la dirección de donde sentía la presión, percibiendo que venía de su zona íntima, lo que me llevó a soltar un grito intenso y apartarme por completo de él con un chillido. Destapaba las sábanas para observar lo que ocultaba entre sus piernas, provocándome un grito de emoción, pasión y temor. Desde donde me encontraba, pude estimar que tenía casi la misma longitud que mi antebrazo, lo cual me sorprendió ligeramente, ya que el de Trevon ni siquiera alcanzaba la mitad... y solo con él podía hacer la comparación.

—Pequeña gatita ¿Que pasa? —preguntaba ligeramente somnolienta.

—¡Qué es eso! —señalaba hacia su zona íntima.

—Es mi pene ¿Por qué?

—¿Pene? Lo que tienes en tus manos se puede considerar como una espada, —mencionó con a
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