Oliver abrió la puerta para ella y la invitó a pasar a la calidez de su hogar. Su intimidad.
—¿Café, huevos, panquecas? —le preguntó caballeroso.
No conocía los gustos de la joven y no quería equivocarse con ella. Tampoco quería arriesgarse a cocinar algo solo para él, y comportarse como un egoísta.
Abigaíl le sonrió nerviosa. Nunca le habían preguntado algo tan simple, pero significativo.
—Todo me parece perfecto —susurró cuando el hombre la miró con el ceño arrugado.
—¿Estás nerviosa? —quiso