Sin pensar en lo que hago mis labios se acercan a los de ella y en un intento por calmarla le doy unos cuantos besos. Cuando por fin deja de llorar, limpio sus lágrimas con mis pulgares y le entrego algunos pañuelos.
—¿Ya estás más tranquila? —la cuestiono, cuando termina de limpiar su nariz.
—S-sí.
—¿Entonces tendrás al bebé? —inquiero esperanzado.
—S-sí —asegura con la voz entrecortada.
—Perfecto, ahora que hemos decidido tener al bebé, creo que lo mejor es que nos casemos —sentencio.
—