Salimos de su pequeño departamento y cruzamos el estrecho pasillo hasta llegar al final de este para llegar a otra puerta igual de desgastada que las que hemos dejado atrás. Arlette toca un par de veces y cuando aparece una viejecita tan encorvada que casi podría jurar me llega al codo, la mujer a mi lado le sonríe.
—Vengo a despedirme, doña Corinna. D-debo irme, pero trataré de venir de vez en cuando —musita con tristeza.
—No te preocupes por mi muchacha, sabes que alguno de los vecinos siemp