Capítulo 6.

No pasó mucho. Apenas un par de horas después, la puerta de la habitación se abrió de golpe, arrancándome del sueño ligero. En un movimiento instintivo me incorporé y me puse en guardia frente a la cuna de mi hija.

El olor metálico me golpeó antes de que pudiera distinguir nada: sangre fresca.

Una hembra entró tambaleante, con el cuerpo cubierto de heridas y salpicaduras carmesí que aún chorreaban sobre el suelo de piedra. La puerta se cerró a su espalda, dejando un silencio pesado.

—Vaya… —
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