Mundo ficciónIniciar sesiónNo pasó mucho. Apenas un par de horas después, la puerta de la habitación se abrió de golpe, arrancándome del sueño ligero. En un movimiento instintivo me incorporé y me puse en guardia frente a la cuna de mi hija.
El olor metálico me golpeó antes de que pudiera distinguir nada: sangre fresca.
Una hembra entró tambaleante, con el cuerpo cubierto de heridas y salpicaduras carmesí que aún chorreaban sobre el suelo de piedra. La puerta se cerró a su espalda, dejando un silencio pesado.
—Vaya… —murmuró la recién llegada con una sonrisa cansada—. Tenemos una nueva.
Sus pasos resonaron lentos en dirección a mí, pero cuando dio un par de zancadas más cerca de la cuna, mi gruñido retumbó en el cuarto. La advertencia salió de lo más profundo de mi pecho, grave, amenazante, innegociable.
Ella alzó las manos, como si no fuera más que un juego.
—Tranquila, osa… solo estaba saludando.
Me tensé, lista para lanzarme si daba un paso más. Pero entonces, entre el hedor de la sangre y la suciedad, algo distinto me golpeó las fosas nasales. No era el olor a lobo ni a hierro. Era fresco, limpio… como nieve recién caída en la montaña.
Mi instinto me gritó que aquella hembra no era como las demás.
Ella ladeó la cabeza, aspirando el aire en mi dirección.
—Ya te acostumbrarás —murmuró con naturalidad, como si entrar cubierta de sangre fuera lo más común del mundo en ese lugar—. Entonces… ¿cuál es tu historia?
Se inclinó apenas, olfateando de nuevo. Luego arqueó una ceja con interés, sus ojos brillando con un destello extraño.
—¿Oh? —dijo, arqueando la ceja como si hubiese descubierto un secreto valioso.
—No es asunto tuyo —gruñí entre dientes, sin apartarme de la cuna.
Ella soltó una risa suave, sin ofenderse en lo más mínimo.
—Me gusta tu carácter —Se dejó caer sobre uno de los catres con la naturalidad de quien se siente en casa, a pesar de la sangre que aún manchaba su piel—. Voy a sacarte ahora mismo de tu error: Todo lo que hagas y seas es mi asunto. Soy yo la que mantiene esta habitación funcionando. Que no haya peleas, que nadie pierda la cabeza, que no les demos excusas a los lobos para castigarnos sin comida... o peor.
Me observó con una mezcla de picardía y cansancio.
—Así que, si quieres que tu cachorra siga recibiendo alimento, será mejor que escuches cuando yo hable.
Su tono no fue amenazante, pero había algo en su voz que me recordó a un filo oculto, como las garras que no se muestran hasta que es necesario.
Las otras hembras en la habitación apenas se movieron.
Yo permanecí de pie, la mirada fija en ella, preguntándome qué clase de criatura realmente era.
Las demás hembras ni siquiera levantaron la vista. Era evidente que aquella mujer ya había tomado su lugar como algo parecido a una líder.
—Por cierto —dijo con un gesto de mano que parecía más un acto de cortesía que de interés real—, mi nombre es Selene.
Luego señaló con la barbilla a las otras tres que permanecían recostadas en sus catres.
—La callada de allá es Nora, la que ronca como un trueno se llama Brigitte, y la del mal humor eterno es Elena. Las tres son lobas, por si no lo habías notado.
Nora levantó apenas la mano en un saludo cansado. Brigitte ni se molestó en abrir los ojos, y Lena soltó un bufido poco amigable antes de darme la espalda.
—No esperes aplausos ni bienvenida —añadió Selene con un encogimiento de hombros—. Aquí cada una tiene bastante con sobrevivir un día más.
Me quedé en silencio, desconfiando de sus palabras.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más, luego sonrió de lado.
—No me interesa ser amigas —Se acomodó contra la pared, cerrando los ojos como si acabara de terminar un turno agotador—. Pero si quieres un consejo, osa… duerme. Lo necesitarás.
El silencio regresó, pesado y expectante, mientras mi cachorra respiraba tranquila en su cuna.
Tomé a mi cachorra en brazos y la acosté junto a mí en el catre. Ahí, pegada a mi costado, era el único lugar donde podía asegurarme de que nada ni nadie se le acercara.
El cansancio me venció poco después, aunque mi oído siguió atento a cada ruido en la habitación.
A la mañana siguiente, la puerta volvió a abrirse de golpe.
—¡Arriba, rameras! —gruñó un lobo enorme, de hocico cicatrizado, mientras golpeaba el marco con una garra. Su mirada recorrió la habitación con desdén hasta detenerse en mí—. Tú, osa… las de la guardería vendrán por la cachorra. Quiero tu trasero afuera como el del resto.
Apreté la mandíbula. Sobre mi cadáver...
Sentí la mirada de Selene. Desde su catre, me hizo un gesto rápido con la mano, como si dijera tranquila, está bien.
Confiar no era mi estilo, pero tampoco podía negar que hasta ahora nadie había amenazado directamente a mi pequeña. Y si ella tenía razón… lo mejor sería guardar mis fuerzas para lo desconocido.
Dejé a mi hija en la cuna, cubierta con la manta desgastada, y avancé a regañadientes hacia la puerta bajo la atenta mirada del lobo.
Los pasillos se llenaron pronto de ruido. Otras hembras salían de diferentes habitaciones, algunas encadenadas, otras simplemente empujadas a empellones por los guardias. Todas terminamos formando un grupo que se movía en fila hacia quién sabe dónde.
Selene se deslizó a mi lado y, sin voltear demasiado, me susurró:
—No te preocupes. No tocarán a tu cachorra —Su tono era bajo, casi confidencial—. Es su forma de tenerte controlada, ¿lo entiendes? Así que guarda esos gruñidos para lo que viene.
La miré de reojo, indecisa, y ella solo sonrió con un aire enigmático antes de seguir caminando como si nada.







