Capítulo 5.
Los pasillos de piedra eran estrechos, iluminados solo por antorchas que chisporroteaban y proyectaban sombras deformes en las paredes.
La loba que me guiaba se detuvo frente a una puerta pesada de madera. Sin girarse a verme, empujó el cerrojo y abrió.
El ambiente cambió de inmediato. El aire se volvió denso, cargado de silencio y desconfianza.
—Verónica —dijo ella de repente, sin darme tiempo a preguntar—. Ese es mi nombre. Estoy a cargo de subir y bajar a las reclusas. Solo me hablarás cu