—¡Que no me escuchas, bájame, Adriano te lo ordenó! —vocea mi rojita, que continúa peleando, intentando liberarse de mí, pero ahora nadie podrá ayudarle porque no la soltaré.
Subí con rapidez las escaleras y, sin darme cuenta porque mi mente estaba enfocada en lo que haría, cuando ya estaba en el segundo piso camino directo hacia su habitación, arrojándola sobre su cama.
—Ah —grita al sentir como la aviento y la veo con atención queriéndome lanzar sobre ella y darle una lección. Lo que se