Alistair Ferrero
La cena había sido una revelación, un terreno desconocido que me obligaba a bajar la guardia de una forma que ni siquiera sabía que era posible. Ver a Alessandra frente a mí, bajo la luz tenue del restaurante, descubriendo sus gustos y sus anhelos como si estuviéramos deshojando una flor prohibida, había hecho que algo dentro de mi pecho, un mecanismo endurecido por años de frialdad, se desbloqueara.
Cuando la cuenta llegó sobre una pequeña bandeja plateada, no miré el monto.