Alistair Ferrero
El aire en el mirador era gélido, pero mi cuerpo era un volcán que amenazaba con erupcionar. La miré, bajo la luz mortecina de las estrellas, y supe que no podía esperar ni un segundo más. Abrí la puerta trasera de la camioneta, el sonido del metal resonando en el silencio absoluto de la montaña. Era un lugar apartado, privado, donde nadie en kilómetros podría interrumpirnos.
—Sube —ordené, mi voz sonando como un gruñido.
Ella no dudó. Sus ojos, cargados de esa misma voracid