Alessandra Dumont
El vapor aún se aferraba a las paredes de cristal de la ducha como un velo espeso, pero el calor que emanaba de nuestros cuerpos era mucho más intenso. Salimos de la cabina hacia la zona del baño, un espacio de mármol blanco y espejos inmensos que parecía haberse vuelto pequeño para la electricidad que aún flotaba entre nosotros.
Alistair no me soltó. Tomó una toalla de felpa blanca, gruesa y suave, y comenzó a secarme con una minuciosidad que me dejaba sin aliento. Se tomó