Alessandra Dumont La brusquedad con la que Alistair se aparta de mí es tan violenta que casi pierdo el equilibrio sobre la superficie de caoba. Su respiración es un estallido sordo, un jadeo acelerado que resuena en las cuatro paredes del despacho mientras da tres pasos hacia atrás, como si tocarme le hubiera quemado las manos. Su rostro, antes encendido por una pasión salvaje, ahora se deforma en una mueca de pura culpa, con las facciones endurecidas y los ojos marrones inyectados en una mezcla de pánico y autorreproche. Yo, en cambio, me quedo sentada en el borde del escritorio, completamente descolocada por la intensidad de lo que acaba de suceder. Siento mis labios hinchados, calientes y ligeramente entumecidos por la fuerza de sus besos. Mi corazón golpea contra mis costillas con un ritmo frenético, pero lo más abrumador está mucho más abajo. Mi vagina palpita de pura excitación, dictando un pulso constante, cálido y desconocido que me nubla los sentidos e incluso, al moverm
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