LÍA
“Yo ya caí.”
Esas tres palabras se quedaron flotando entre nosotros, pegadas al aire como vapor caliente sobre un espejo empañado. No lo dijo gritando, ni tampoco lo dijo desesperado. Lo dijo con la voz más baja, más masculina, más peligrosa que había escuchado en mi vida. . . Tan sensual como si no fuera una confesión, sino una sentencia.
Por un momento creí que había escuchado mal, que la realidad se estaba reformando por el cansancio que tenía. Sin embargo, vi como me miraba fíjamente.