Isabel García
El rechazo de Nicolás a través de la línea telefónica me dejó un zumbido en los oídos. Miré el teléfono bloqueado entre mis manos, sintiendo cómo el frío del auto se me colaba directo por las costuras del saco. «Adiós, abogada». Su tono distante, desprovisto de cualquier rastro del hombre que me había sostenido contra su cuerpo horas antes, me dolió más que si me hubiera dado una bofetada. Jodidamente dolía. Me negaba a quedarme de brazos cruzados. Ernesto me había usado y Nicolá