Nicolás Ortiz
El zumbido de la alarma a las siete de la mañana no sirvió para un demonio. Me incorporé en silencio, sentándome en el borde de la cama con los codos en las rodillas. No había dormido nada. Pasé la noche entera en la sala, fingiendo que revisaba las cuentas del consorcio en la laptop, pero la verdad era que mi cabeza no había salido del pasillo.
Me pasé una mano por el rostro, sintiendo la mandíbula rígida, maldiciendo internamente la distancia que yo mismo había impuesto. Me lev