Nicolás Ortiz
Había llegado a la oficina antes de que saliera el sol. Eran apenas las siete de la mañana y ya me había tomado tres cafés negros que me sabían a rayos. No había pegado el ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Isabel García sonriéndole a Ricardo, o sentía el calor de su muslo bajo mis dedos.
Me acomodé el nudo de la corbata frente al ventanal de mi despacho. Estaba impecable, como siempre, pero por dentro me sentía como si me hubiera pasado un camión por enci