Isabel García
El silencio dentro del coche era tan pesado que sentía que podía cortarlo con un cuchillo. Él apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, y yo, por mi parte, me dedicaba a mirar por la ventana con la mayor cara de inocencia que podía fingir.
Por dentro, estaba dando saltos de alegría.
Haber visto su cara cuando pensé en aceptar la invitación de Ricardo frente a él había sido mejor que ganar cualquier juicio. Por fin, el gran señor Ortiz, el hombre que cr