Nicolás Ortiz
Habían pasado exactamente seis horas desde que la tuve acorralada contra mi escritorio, y el aroma a vainilla de su piel seguía impregnado en las solapas de mi saco como un recordatorio de mi propia debilidad.
Me serví un whisky, dejando que el hielo golpeara el cristal con un sonido seco. A través del panel de cristal, observaba a Isabel. Ella no lo sabía, o tal vez sí, pero cada vez que se inclinaba sobre su computadora o se pasaba la mano por el cuello, mis músculos se tensaban