45. Latidos
El espejo le devolvía fragmentos de un rostro extraño bajo las vendas. Isabella Hamilton. El nombre ya no sonaba ajeno en su mente, no después de cuatro semanas repitiéndolo cada vez que una enfermera nueva aparecía con su tableta de medicamentos.
Observó las marcas violáceas que se desvanecían alrededor de sus ojos. El dolor persistía, pero ya no la hacía rogar por morfina. Se había vuelto parte de ella, como el sonido del monitor cardíaco o el olor a antiséptico.
La puerta se abrió sin el gol