El regreso fue un viaje dentro de un sarcófago de acero y silencio. La furia de Alexander no era un estallido, era algo peor: un frío tan intenso que quemaba. Lo sentía irradiando de él en el asiento trasero del auto.
Llegamos a la mansión incluso antes de lo previsto. Alexander fue directo al patio interior, ese espacio amplio y pavimentado que solía estar vacío. Dio una orden, seca, por su teléfono. En menos de diez minutos, el patio se llenó de hombres. Todos sus guardias, sus jefes de áre