Después del beso, el silencio fue ensordecedor. El sabor a Alexander aún estaba en mis labios, mezclado con el regusto metálico de mi sangre. Fue intenso y brusco, nunca me habían besado así. Me pregunto si será igual de salvaje para todo...
¡Oh Dios, qué pensamientos tan innecesarios!
Necesitaba moverme, hacer algo, o terminaría por volverme loca. Quería decir algo pero no podía. No porque no hubiera nada que decir, sino porque decirlo implicaba aceptar que algo se había roto… o sellado para